Dedales de oro

En una ciudad de Alemania, a orillas del Rhin, vivía la joven Berta, quien amaba sus tierras y su país. Cultivaba con esmero sus hermosas y llamativas flores color de sol, y se sentía feliz al ver como estas se reproducían bajo su cuidado. Era una alegría pasar por su barrio repleto de flores que regalaban color y belleza al paisaje.

Sari
Sari

Un día, le comunicaron que debía abandonar el país. —¡No puede ser! —exclamó compungida—. ¡No podré vivir sin mis flores! El tiempo que faltaba para el viaje, lo dedicó a juntar semillas de sus flores favoritas en un pequeño bolso.

Llegó el triste día. Desolada, desde la ventana del barco que la lleva a costas lejanas, observa con nostalgia como se alejan las siluetas de su ciudad hasta desaparecer. Pasan las semanas y una vez instalada en Santiago, luego de ordenar y organizar su nueva vida, se fija un firme propósito: —¡Regaré mis semillas por todos los caminos que pase!

Así lo hizo. Cada vez que salía, llevaba su bolso y repartía semillas sobre la generosa tierra de Chile. No tardaron en asomar sus hermosos y dorados «dedales de oro». Viajando de norte a sur por tren, extendía su brazo más allá de la ventana y derramaba su tesoro. Lo mismo hacía cuando paseaba en auto, en bicicleta y hasta al caminar.

La primavera no tardó mucho tiempo en llegar y con ella aparecieron sus flores por doquier. Ya no añoraba tanto su país, tenía mucho que hacer para cumplir su propósito.

Y es así, que gracias a una joven alemana llamada Berta, podemos gozar hasta hoy de nuestros campos bordados de flores de oro a la vera de los caminos. Nunca terminan de sorprendernos la belleza de sus pétalos y la gracia de su danza en el viento.

Gracias amiga Berta por habernos regalado con tanta generosidad tus amados dedales de oro.

Los dichos de la Babi

El dolor ajeno es muy llevadero.