La moneda antigua
Relata un antiguo cuento jasídico, que en una clase de estudios de Torah, donde asistían los mejores alumnos, ocurrió la siguiente historia: Simón era un estudiante distinguido que acostumbraba traer consigo algún objeto para mostrarlo con placer a sus compañeros en clases. Ese día, Simón llevó una pequeña moneda de oro de cierta antigüedad. La mostraba con orgullo y la moneda fue pasando de mano en mano produciendo distintos comentarios entre los compañeros.
Al llegar el maestro y comenzar la lección, todos se concentraron en el tema del día olvidando pronto la moneda. Al finalizar la clase, Simón descubrió que había desaparecido e inquieto preguntó si alguien la tenía. ¡No hubo respuesta! —Nadie saldrá de aquí hasta encontrar lo que se ha perdido —dijo el maestro con seriedad.
Buscaron entre libros y papeles sin éxito. —Revisemos nuestros bolsillos —sugirió otro—, tal vez la guardamos por equivocación. La moneda siguió desaparecida. —Sugiero —dijo un tercero—, que cada uno de nosotros busque en el bolsillo derecho de su compañero, es posible que a quien la tenga le avergüence admitirlo. De encontrarse, será colocada en el centro de la mesa y nadie sabrá de dónde salió.
Samuel, el más aventajado de los alumnos, enrojeció violentamente y dijo con ira: —No permitiré que nadie revise mis bolsillos. ¡Ya lo he hecho yo! Al notar su agitación, varios en la sala dudaron de la veracidad de su palabra.
—Volvamos a revisar el escritorio —aconsejó sabiamente el rabino. Al ordenar los libros, de entre las páginas de uno de ellos cayó la moneda perdida. Un suspiro de alivio recorrió el recinto, mientras Simón feliz tomó su tesoro para guardarlo.
El maestro se acercó entonces a Samuel y llevándolo a un costado le preguntó: —Si tú sabías que no tenías la moneda, ¿por qué te exaltaste ante la sugerencia de buscar en el bolsillo del compañero? Samuel sacó entonces de su bolsillo una moneda muy semejante a la perdida y explicó: —Si la hubieran encontrado en mi bolsillo, no habrían dudado que era la de Simón.
Los dichos de la Babi
Al agitar una caja de fósforos semivacía, notarás que hace ruido. La llena no.
