Ilustración del cuento «El príncipe feliz»

El príncipe feliz

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida con láminas de oro, tenía un par de brillantes zafiros como ojos y un rojo rubí en el puño de su espada. Era muy admirada por todos. —Parece un ángel —decían los niños al contemplarla. —¿Cómo lo saben? —preguntaban los adultos al escucharlos. —¡Oh! Lo hemos visto en sueños —respondían.

Una tarde, una golondrina voló sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes, sus amigas habían partido a tierras más cálidas, pero ella quedó atrás. Al caer la noche, decidió buscar un lugar donde cobijarse, divisó entonces la estatua y gritó: —¡Allí es un bonito sitio —y se dejó caer entre los pies del Príncipe Feliz—, tengo una habitación dorada —se dijo antes de quedarse dormida.

Al rato, sintió caer una gota de agua sobre su cabeza. —¡Qué curioso —exclamó—, no hay una nube y sin embargo llueve! Entonces cayó una nueva gota. —¿Para qué sirve una estatua si no me resguarda de la lluvia? —dijo la golondrina. Al sentir la tercera gota sobre sus alas miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del príncipe estaban llenos de lágrimas que corrían sobre sus mejillas de oro.

—¿Quién eres? —dijo. —Soy el Príncipe Feliz. —Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó la golondrina.— Me has mojado entera. —Cuando estaba vivo y tenía un corazón de hombre —explicó la estatua—, no sabía lo que eran las lágrimas. Vivía en el palacio donde no se permite la entrada al dolor y todo cuanto me rodeaba era hermoso. Me llamaban el Príncipe Feliz y así lo era. —Así viví y así morí. Ahora que me han puesto en lo alto puedo ver las miserias y fealdades de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, solo me queda llorar.

—Allí abajo —continuó la estatua—, hay una pobre vivienda; por una de sus ventanas puedo ver a una mujer sentada frente a una mesa, tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos. Es costurera, su hijo yace enfermo, tiene fiebre y pide naranjas. Su madre solo tiene para darle agua del río y por eso llora. —Golondrina, golondrinita —dice el príncipe—, ¿podrías llevarle el rubí que está en mi espada? No puedo moverme con mis pies de plomo. —Mis compañeras me esperan —respondió la golondrina. —Golondrina, golondrinita —dice el príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche? ¡Tienen tanta sed el niño y tanta tristeza la madre! —Mucho frío hace aquí —dijo la golondrina—, pero te ayudaré esta noche. —Gracias, golondrinita —respondió el príncipe.

Entonces, la golondrina arranca el rubí con el pico y volando lo lleva hasta la pobre vivienda. El niño está agitado por la fiebre y su madre se ha dormido de cansancio. Revolotea el ave abanicando con sus alas la cara del niño. —¡Qué fresco se siente, debo estar mejor! —pensó el niño antes de dormir plácidamente. Voló la golondrina donde el príncipe y le contó lo que había hecho.

La noche siguiente, al salir la luna, vuelve a despedirse del príncipe: —Voy a emprender la marcha. —Golondrina, golondrinita —dice el príncipe—, ¿no te quedarías una noche más conmigo? —Me esperan en lugares más cálidos —respondió la golondrina. —Allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una mansarda. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, se esfuerza en terminar la obra que escribe, pero siente demasiado frío para seguir. No hay fuego en la habitación y el hambre lo ha rendido. —Me quedaré otra noche contigo —dijo la golondrina, quien tenía buen corazón. —Arranca uno de los zafiros de mis ojos y llévaselo. Así lo venderá, comprará alimento y combustible, y terminará su obra —pide el príncipe. —Amado príncipe, no puedo hacer eso —y se puso a llorar. —¡Golondrina, golondrinita —dice el príncipe—, haz lo que te pido! Arrancó entonces la golondrina el ojo del príncipe y voló donde el estudiante. El joven no oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro. —Ahora podré terminar mi obra —exclamó. Parecía completamente feliz.

—He venido a decirte adiós —dijo la golondrina al príncipe, la noche siguiente. —¡Golondrina, golondrinita! —exclamó el príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más? —Es invierno —replicó la golondrina—, pronto llegará la nieve. Amado príncipe, nunca te olvidaré, pero debo partir. —Allá abajo, en la plazoleta —contestó el Príncipe Feliz—, hay una niña que vende fósforos; se le han caído al agua, estropeándose todos. Su padre le pegará si no lleva dinero, está llorando y no tiene medias ni zapatos. ¡Arráncame el otro zafiro y dáselo! —Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo hacer lo que pides... ¡Quedarías ciego! —¡Golondrina, golondrinita —dice el príncipe—, haz lo que te mando! Cumplió entonces el pedido y volando la golondrina deslizó la joya en la palma de la mano de la niña. —¡Qué bonito cristal! —exclamó la niña. El padre ya no le pegaría y corrió feliz a casa.

—Ahora estás ciego, por eso me quedaré contigo para siempre —decidió la golondrina. —No, golondrinita —dijo el príncipe—, el invierno se aproxima, vuela con tus compañeras. —Me quedaré contigo para siempre —dijo la golondrina y se durmió a los pies del príncipe.

—Querida golondrinita —dijo el príncipe al día siguiente—, vuela por la ciudad y dime lo que veas. La golondrina voló por la ciudad y vio el hambre y el frío que sufren niños y pobres. Al regresar, se colocó sobre el hombro del príncipe y le contó lo que había visto. —Estoy cubierto de oro fino —dijo el príncipe—. Golondrina, golondrinita, sácalo y entrégaselo a mis pobres. Así lo hizo la golondrina hasta que el príncipe quedó sin brillo; todo lo repartió entre los pobres. Los niños rieron y jugaron en la calle.

Entonces, llegó la nieve y después el hielo. Todos se cubrían con pieles; los más pequeños llevaban gorritos rojos y patinaban en el pavimento. La pobre golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al príncipe. Lo amaba demasiado. Pero al fin sintió que iba a morir. —¡Adiós, amado príncipe! —murmuró—. Permíteme besar tu mano. —Me da mucha alegría que partas por fin golondrina —dijo el príncipe—, pero bésame en los labios porque te amo. La dulce golondrina besó tiernamente al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante, se siente un extraño crujido en el interior de la estatua, como si algo se hubiera roto.

A la siguiente mañana, muy temprano, en la plazoleta la gente exclama: —¡Qué andrajoso se ve el Príncipe Feliz! —¡A sus pies tiene un pájaro muerto! —observaron otros con desprecio. —¡Si ya no es bello, de nada sirve! ¡Debemos derribarlo! Así fue que fundieron la estatua en un gran horno. —¡Qué cosa más rara —dijo alguien—, el corazón de plomo no quiere fundirse! Lo arrojaron entonces sobre un montón de basura, donde yacía también la golondrina muerta.

—Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad —dijo D's a un ángel. Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto. —Has elegido bien —dijo D's—. En mi jardín, este pajarillo cantará eternamente en mi ciudad y el Príncipe será feliz para siempre.

Oscar Wilde

Los dichos de la Babi

El hombre sabio, a mayor conocimiento, más humildes sus palabras.