El pececito dorado
Una pareja de pescadores vivía al lado del mar en una humilde cabaña. Cada día, el hombre acudía al mar a conseguir su alimento; al obtener lo suficiente para la jornada, retornaba a casa donde su mujer lo esperaba. Juntos compartían la comida. ¡Se sentían satisfechos con su vida!
Una mañana, al recoger el hilo de su caña, sintió un extraño tirón en el extremo. Al recogerlo vio que venía en él un pececito dorado luchando desesperadamente por soltarse. ¡Era brillante! ¡Parecía ser de oro! Al observarlo con atención, el pescador deslumbrado pensó: —¡Qué pez tan extraño, tan bonito! De pronto, escuchó sorprendido la voz suplicante del pez que le dijo: —¡Suéltame por favor, devuélveme la libertad y te concederé un deseo! Estupefacto y asustado al oír hablar al pez, lo soltó rápido al agua.
Apenas consigue el alimento, se apresura a casa donde le relata a su mujer lo sucedido: —Pesqué un pez dorado, hermoso y... ¡hablaba! —cuenta el pescador a su mujer—. ¡Era un pececito mágico, hasta ofreció cumplirme un deseo! —¡¿Qué le pediste?! —exclama ella con excitación. —Nada, no le pedí nada —responde él. —¿Cómo puedes ser tan tonto? —le recrimina ella—. ¿Cómo pudiste hacer una cosa así? Vuelve inmediatamente al mar y pídele al pececito una casa más grande.
El pescador no está convencido, pero va al mar y llama: —Pececito dorado, pececito dorado, ¿estás ahí todavía? A los pocos segundos aparece el pez sobre las aguas. —Acá estoy, ¿qué necesitas? —Mi señora desea tener una casa más grande, ¿nos podrías ayudar? —Regresa a tu casa —responde el pez—, ve tranquilo. Al volver, el pescador observa con admiración que su casa es ahora más grande y hermosa, allí lo espera ansiosa su mujer.
—¿Estás feliz ahora? —pregunta sonriente el hombre. —¡No! —responde ella en forma tajante—. ¿Cómo voy a estar contenta? ¡Los viejos y gastados muebles que tenemos no alcanzan para amoblar esta casa! Vuelve en este instante con el pececito y pídele muebles nuevos. A regañadientes vuelve una vez más al mar, llama al pececito y le solicita lo que ha pedido su mujer. —Está bien, ve a casa —señala el pez.
Al comprobar el rico amoblado que ahora viste su casa, increpa a su esposa: —¡Espero que ahora sí estés satisfecha! —¡No! —vuelve a repetir ella—. No puedo estar feliz si con las ropas que vestimos parecemos pordioseros en nuestra propia casa. Vuelve al mar y pide ropas nuevas. Avergonzado y sintiendo temor, llama por tercera vez al pez quien le concede elegantes vestimentas. Pero nada es suficiente para la mujer. Cada día se le antoja una nueva cosa y el pececito continúa cumpliendo sus deseos.
—¡Deseo gobernar estas tierras! —exclama finalmente—. —¡Quiero decidir si hay luz o sombra, viento o lluvia! —¡Te has vuelto loca! ¡¿Cómo se te ocurre...?! —Ve inmediatamente, no me contradigas —amenaza la esposa. Nada de lo que dice hace entrar en razón a la mujer y como siempre él termina cediendo. Arrastrando los pies, vuelve al mar. —¡Tengo tanta vergüenza! Nos has regalado tanto, pero no puedo con mi mujer. Ella quisiera tener el poder de decidir cuándo es de día y cuándo noche, si llueve o hace sol. —Si este es el deseo —dice el pez—, vuelve a casa. Ve tranquilo.
El pescador regresa esta vez triste y derrotado. ¡Ya no quería ni ver a su esposa! Baja su cabeza agotado, nota que sus ropas han vuelto a ser andrajos, levanta su mirada y ve que en lugar de la lujosa casa está la cabañita original. Al entrar, encuentra a su mujer llorando inconsolable. —¡Esto es lo que he recibido por mi codicia, por no estar nunca conforme con nada! —se lamenta entre sollozos—. —Merezco lo que nos sucede. ¡Ha sido mi culpa!
El marido la abraza con dulzura. ¡Nada dice! Desde ese día, intentan recuperar la felicidad perdida por causa de una ambición desmedida y loca.
Los dichos de la Babi
¿Quién es el hombre feliz?: ¡El que se contenta con lo que tiene!
