La ciudad de los pozos

En esta ciudad no había casas ni personas. Había solamente pozos de distintos tamaños y profundidades, que un buen día decidieron personalizar su apariencia para destacarse entre ellos. Así algunos optaron por sembrar pasto en su contorno; otros pavimentaron con piedras. Los de más allá cultivaron flores a su alrededor, mientras otros se rodeaban de arena y piedrecillas de colores. Los más osados esculpieron pequeñas figuras decorativas que adornaban la entrada. Ninguno quería ser ni lucir inferior a los demás.

Un día cualquiera, uno de los pozos pensó: —La importancia no reside en el exterior, sino en el «contenido» de cada uno. Pronto comenzó a llenarse de libros y textos de diversos temas. Así se sintió mejor.

Más allá, otro pozo, a quien la idea le pareció razonable, decidió que lo importante era el arte. No tardó demasiado en llenarse de bellos objetos, coloridos cuadros y hermosas figuras de mármol. —Soy superior —pensó careciendo de toda modestia.

Un vecino cercano no soportó esta diferencia y optó por llenarse de cosas valiosas. Para ello recolectó plata, oro y piedras preciosas con lo cual estuvo seguro de superar largamente al resto. El otro que se reía al comienzo, decidió que todos estaban locos y que lo único que servía eran las cosas prácticas. Es así como se preocupó de completar su espacio con refrigeradores, máquinas de lavar, de cortar pasto y de coser. Incluyó, además, una cocina, varios televisores y un computador de última generación para sentirse mejor. Ahora estaba satisfecho.

Moishy
Moishy

No faltó el pozo que decidió: —Sea lo que sea, no pasaré hambre. Por lo tanto, no se quedó tranquilo hasta que se sintió colmado de chocolates, tortas y miles de caramelos multicolores.

Pasó el tiempo y uno de los pozos que era considerado como muy inteligente, propuso que la importancia no estaba ni en la «apariencia» ni en el «contenido», sin lugar a dudas, había que buscarla en la «profundidad». ¡Dicho y hecho! Comenzó a lanzar fuera todo lo que había acumulado en su interior y al vaciarse comenzó a excavar tratando de llegar muy hondo dentro de sí mismo.

Durante largas horas continuó su trabajo sin descanso. Después de haber extraído grandes cantidades de arena, la que fue apilando afuera como pudo, sintió una leve humedad. Era una sensación placentera, lo que lo estimuló a continuar. La humedad fue en aumento y pronto comenzó a fluir agua fresca y cristalina, ante su asombro y alegría.

Lejos de allí, surgió también la misma inquietud en otro pozo. Este comenzó por desprenderse de todo lo que había juntado y luego cavó profundamente en su interior hasta llegar al mismo manantial que inundaba al pozo anterior. Habían descubierto la misma fuente de conocimiento que los conectaba y les permitía «comunicarse»; con esto, cada uno aportaba al crecimiento del otro. Con el tiempo, cada pozo aprendió de esta experiencia y así llegaron a ser una ciudad próspera y feliz.

Los dichos de la Babi

Más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.