El paquete de papas

Ese día, Miriam debía salir de la capital. Su jefe le había pedido viajar a una ciudad del norte a recibir unos encargos para la oficina. Como no quería manejar durante horas, Miriam optó por hacerlo en tren. Esa noche compró un ticket por internet, partiendo muy temprano en la mañana. Llegó puntualmente a la estación. ¡Ni siquiera había alcanzado a tomar desayuno! Para su mala suerte, le comunican que el tren viene con retraso de un par de horas. Se acerca entonces al quiosco más cercano y compra una bebida con un paquete de papas fritas.

Resignada va al andén y toma asiento en una banca donde está sentado un joven con aspecto de universitario. Saca un libro que ha traído para leer durante el trayecto, se coloca los anteojos y comienza su lectura. Siente hambre y toma una papa de la bolsa que está a su costado.

Al poco rato ve con desagrado que el joven a su lado saca también una papa de la bolsa y se la come tranquilamente. —¡Qué mal educado! —piensa. Vuelve a comer una papa y el chico, sin inmutarse, coge también un par de ellas y se las come. —¡Ni siquiera me pide! ¡Podría dar las gracias al menos! —piensa Miriam para sí con creciente desagrado.

Recuerdo familiar

Pasan las horas y Miriam, roja de ira, reclama para sus adentros por esta juventud que cree merecerlo todo. Las papas fritas se están acabando y el «sinvergüenza» se apresura a consumir las últimas que quedan.

El tren anuncia su arribo. Miriam corre y sube al carro cada vez más molesta, por suerte, el joven ha permanecido abajo. Sale ya de la estación y el tren comienza a ganar velocidad.

A los pocos minutos pasa un inspector revisando los boletos. Miriam toma su bolso de la repisa superior para sacar el pasaje y al abrirlo ve con horror que allí se encuentra entera… ¡su bolsa de papas fritas! Me lo comeré yo, ¡qué pena que se pierda!

Los dichos de la Babi

No eres «tarro de basura».