La casa chica
Como lo contaba la Babi
Lo que necesitas, lo tienes!
En una pequeña granja, lejos de la ciudad, vive Jacobo con su mujer y sus cinco hijos. Eran pobres y, a pesar de trabajar duramente y sin descanso, no les alcanzaba para cubrir sus necesidades y finalizar el mes. Tenían una vaca que los proveía de leche, queso y mantequilla; la cuidaban tanto que incluso la dejaban dormir en el interior de la choza. Vivían muy estrechos.
Jacobo, buscando consejo, acude un día al rabino y le dice: —Rav, somos una familia pobre, pero honesta. No quiero ser mal agradecido ni quejarme de lo que D's nos entrega; estamos sanos, mi mujer cuida amorosamente de nuestros hermosos hijos y hasta tenemos una vaca que nos provee de alimento... solo necesitaríamos una casa un poco más amplia.
El religioso, luego de escucharlo con atención, le comunica: —¿Podrías, tal vez, cuidar por unos pocos días de mi cabra, Jacobo? —¡Pero cómo rabino, le expliqué que mi casa es demasiado pequeña! —Solo serán unos pocos días —responde el hombre sabio. De mala gana, Jacobo parte con la cabra a su casa.
Un par de días después, se encuentra con el rabino que lleva un gran perro con él. —Debo salir del pueblo —le comenta—, ten a mi perro contigo, no tengo con quién dejarlo, a mi regreso prometo ayudarte. Muy a regañadientes, carga Jacobo también con el perro. Esa tarde, su mujer aparece además con unas gallinas que recoge en el camino. Jacobo sentía que estaba a punto de enloquecer y recurrió nuevamente al rabino y le dijo tajante: —¡No puedo seguir así!
—Tráeme hoy día a mi perro y mañana iré por la cabra para traerla a casa —dice el rabino sin inmutarse. Al otro día, sin el enorme y bullicioso perro, ya la casa se siente mejor, pero al desprenderse de la cabra, Jacobo descubre admirado, cuán agradable y cómodo se siente en la pequeña casa con su mujer, sus hijos y su vaca.
Los dichos de la Babi
Las visitas son como «el pescado»: mucho rato y se ponen hediondas.
