El socio
En la ciudad de Nueva York vive don Isaac, exitoso empresario financiero de edad avanzada, a quien todo en la vida le parece sonreír. Vive en un suburbio, cerca del templo, junto a su numerosa familia. Es querido y respetado por sus amigos, lo tiene todo para ser feliz. Es además, un judío respetuoso de las leyes divinas, hace tzedaká (justicia) y no olvida entregar un porcentaje de su ganancia a la comunidad.
Sin embargo, un problema lo inquieta y no lo deja vivir: siente una profunda antipatía hacia su socio. ¡No lo soporta! Nunca le ha escuchado un comentario inteligente y siente que no hace nada bien. Se conocieron hace muchísimos años en el barco que los trajo desde Grecia (país natal de ambos) a América, escapando de una cruel guerra. Sabe que no hace bien en despreciar a su compañero de trabajo y no desea morirse con este sentimiento. Reconoce que el rencor y el odio no le hacen bien a nadie.
Cuando recurre a su rabino en busca de consejo, este lo escucha con atención y le dice: —¡Finge que te gusta! —Simula simpatía hacia él, intenta reconocer que también gracias a su aporte, han logrado el éxito que hoy tienen.
Muy sorprendido, don Isaac exclama: —¿Me pide usted que mienta? —No —responde el rabino—. No te pido que mientas, solo intento cambiar tu mirada. Por años has visto solo el lado oscuro de tu socio, ten la seguridad que también está provisto, al igual que todos nosotros, de buenas cualidades. Inténtalo con sinceridad y regresa aquí en tres semanas.
Escasamente convencido y sin comprender del todo, el empresario vuelve a su hogar. No sin esfuerzo, intenta cumplir el consejo del rabino. Aunque con dificultad, trata de no criticar y buscar el lado positivo de su antiguo socio. Pasan los días y nota con admiración que cada vez le cuesta menos compartir en la oficina.
Al finalizar la tercera semana, vuelve con su rabino: —¿Cómo te ha ido? Quiero saber todo lo que pasó desde el día en que conversamos. —Usted tenía mucha razón, rabino —reconoce Isaac con hidalguía—, al fingir aceptarlo fui descubriendo que mi socio no era tan despreciable después de todo. —Estuve tan cegado, al sentirme superior y con mejores capacidades, que solo junté rabia y descalificación. Como bien usted me señaló, yo solo me enfocaba en la parte negativa de su persona.
Don Isaac y su socio no llegaron nunca a convertirse en grandes amigos, pero lograron reconocerse y respetarse por el resto de sus vidas.
Los dichos de la Babi
La palabra es «plata», pero el silencio es «oro».
