El regalo
En una aldea insertada en una zona rural de la España antigua, vivía un joven matrimonio. Sandra y José se conocían desde pequeños; de niños compartieron juegos infantiles y más tarde los unió el amor. Vivían en una pequeña cabaña ubicada en medio de un gran bosque. Eran pobres y, aunque carecían de comodidades, se sentían profundamente felices. José era leñador y Sandra trabajaba en diferentes casas lavando y planchando. Al anochecer, luego de un día de arduo trabajo, después de comer y ordenar la casa, mantenían animadas conversaciones haciendo planes para el futuro.
Antes de acostarse, Sandra cepillaba con esmero su hermoso y largo cabello. Era su mayor orgullo, nunca lo había cortado y le encantaba escuchar a José admirar su brillo y suavidad mientras lo acariciaba dulcemente.
José tenía un antiguo reloj que había heredado de su padre, quien a su vez lo había recibido de su abuelo. Todas las noches tomaba el valioso objeto, que no podía usar por tener estropeada la correa. Lo limpiaba meticulosamente con un paño de seda que guardaba para este cometido, le daba cuerda y complacido observaba su brillante resplandor. Le recordaba mucho a su padre, a quien había perdido a temprana edad. ¡El reloj era un tesoro para él! Lo guardaba con cuidado y se retiraba a descansar.
Se acercaba la fecha de su primer año de casados y Sandra meditaba en silencio: —¿Qué podría yo obsequiarle a mi marido que lo hiciera tan feliz como yo me he sentido a su lado? He logrado ahorrar unas monedas, buscaré algo apropiado para la ocasión. Camino al pueblo, cruzó delante de la vidriera de una elegante joyería. Allí mismo se exhibía la cadena exacta que José necesitaba para reemplazar la dañada del reloj de su padre. —¡Nada puede ser mejor! —pensó complacida. Tímidamente ingresó a consultar su valor, la cantidad era fabulosa. ¡Jamás lo lograría!
Desolada, inició el camino de regreso, pero al pasar por la peluquería del pueblo se le ocurrió preguntar cuánto le pagarían si accediera a cortar su bella cabellera. —¿Está segura? —inquirió la profesional—, ¿de verdad quiere cortar su hermoso pelo? Sin embargo, la cantidad ofrecida era insuficiente. Comenzaba ya a retirarse del lugar cuando escuchó la voz de la peluquera: —¿Cuánto esperaba recibir por él? ¡Nunca volveré a conseguir un cabello como el suyo! —exclamó con admiración—. —Te daré lo que pides —sentenció finalmente.
Podía sentir los latidos de su corazón mientras le arrebataban su larga cabellera, pero no estaba arrepentida, solo que no se conocía con el pelo así de corto. Lágrimas asomaban a sus ojos al recibir el dinero. Lo agarró fuerte entre sus manos y corrió a comprar la hermosa cadena que sin duda sería la felicidad de José. ¡El dependiente no lo podía creer! ¿Podría esta pobre joven pagar su valor? Sandra le pidió que lo envolviera delicadamente y, antes de volver a casa, compró con las pocas monedas que le habían sobrado un pañuelo que ocupó para ocultar lo que había hecho. Ya en su hogar, guardó el pequeño paquete bajo la cama y se las ingenió para cubrir graciosamente su cabeza con el nuevo pañuelo.
Al amanecer del día de aniversario, al desayuno, José le dice: —Te tengo un regalo, mi amor. Eres la mejor y más bella de las esposas, y ni siquiera ese pañuelo que llevas estos últimos días lo puede ocultar. —Yo también tengo un regalo para ti —replica Sandra emocionada—. Solo quiero que tú abras el tuyo antes. No quería perder la expresión de su rostro al verlo. Al abrirlo, José empalidece. —¿Qué pasa, no te gusta, mi amor? ¿Te sientes mal? —dice Sandra con preocupación. —Abre el tuyo —musita José abrazándola.
Sin comprender aún lo que sucede, Sandra abre su caja y descubre en su interior un maravilloso pinche que habría lucido como una joya prendido a su antiguo cabello. —Vendí el reloj para conseguírtelo —confiesa finalmente José. Emocionados ambos se abrazan, entendiendo, sin necesidad de palabras, el inmenso amor que los une.
Los dichos de la Babi
No camines delante de mí, puedo no seguirte; no lo hagas detrás de mí, puedo perderte. Camina a mi lado y sé mi amigo.
