El Shabat

Como lo contaba la Babi

El Shabat debe ser un día plácido, sin preocupaciones. El día que D's nos dio para descansar.

El rabino vivía junto a su mujer y sus dos únicos hijos en un pequeño pueblo de campo. Estaba por caer el Shabat y la mujer atareada, se preocupa de los últimos detalles. Hace días que sus hijos yacen en cama muy enfermos y no podrán participar de la cena sabática.

Luego de encender las velas, el rabino y su mujer entonan los cánticos y las oraciones, antes de disfrutar de la buena cena. Finalizada esta, la madre va a ver a sus hijos y al entrar a la habitación descubre horrorizada que ambos han fallecido.

En estado de shock, pero tragándose sus lágrimas y ocultando su gran pesar, decide no trastocar las reglas del sábado. Sin decir ni una palabra, se van a acostar.

El día siguiente trascurre lento y dificultoso para la mujer, que hace lo imposible por ocultar su pena y no afectar a su esposo. Al caer la noche, ella se aproxima a su marido y le pregunta: —¿Recuerdas el señor que estuvo aquí hace ya unos meses y que nos dejó dos ánforas con sus más valiosos objetos para que las cuidáramos por un tiempo? —Hace un par de días vino a pedirlas de vuelta —agregó—, ¿debo hacerlo? —¡Por supuesto que sí! —responde presto el rabino—. ¿A qué viene esa pregunta?

Sollozando tristemente, la mujer le confiesa con suavidad: —Nuestros hijos ya no están con nosotros, D's nos los reclamó ayer.

Los dichos de la Babi

Nadie se muere en la víspera.