Ilustración del cuento «La mochila»

La mochila

Un hombre, de mediana edad, camina cargando en su espalda una pesada mochila. Está agotado, siente que las fuerzas lo abandonan y el peso es demasiado para sus cansados huesos. Desesperado, eleva sus ojos al cielo y clama: —Mi D's, trato de ser un hombre justo y honesto. Trato de ayudar a quien lo necesita, soy un buen judío, no me he apartado nunca de tu camino, ¿por qué me castigas con esta tremenda carga? —Me siento viejo, este peso me sobrepasa y temo desfallecer.

En ese momento se oye un ruido estremecedor, el cielo parece abrirse y se escucha claramente la voz de D's que le dice: —Hijo mío, nunca quise cargarte con esta tremenda mochila, te ruego, bájala inmediatamente de tu espalda, déjala ahí mismo y vete a casa a descansar. —Mañana, a esta misma hora, regresa a este lugar y hablaremos.

Agradecido y aliviado, el anciano suelta la bolsa y se apura en llegar a casa. Se siente liviano, ¡casi joven otra vez! Esa noche duerme plácidamente. Al otro día, a la misma hora, va al lugar señalado y descubre allí un inmenso galpón que no había visto con anterioridad. Ingresa y ve que el lugar está lleno de bolsas, paquetes y mochilas de todos los tamaños. Nuevamente, se escucha la voz del altísimo: —Hijo mío —le dice—, escoge de todas estas bolsas la que más te acomode.

El hombre prueba con una mochila y la encuentra muy pesada. Intenta con otra, luego una tercera, pero todas le parecen incómodas y superan sus fuerzas. De pronto, al fondo de la bodega, ve una pequeña bolsa en una esquina del recinto. Siente un poco de pudor, pero se acerca y la coge, se la echa al hombro y siente que le acomoda, le queda bien.

Con timidez, se dirige al cielo y musita: —Perdona D's mío, entiendo que esta bolsa es pequeña, pero... ¿podría llevarme esta que siento de acuerdo a mis fuerzas? A lo que D's responde al instante: —Por supuesto, hijo mío, ¡pero es la misma que dejaste ayer!

Los dichos de la Babi

Solo la cuchara que revuelve la olla sabe lo que se cocina adentro.