
La puerta
Como lo contaba la Babi
¡Están muy peleadores niños! Me recuerdan esta historia…
¡Al fin la familia había logrado tener casa propia! Era una linda casa nueva con un buen jardín donde los numerosos hijos podían correr y jugar tranquilos. ¡Era el orgullo de la familia! Solo que los hermanos peleaban constantemente para gran disgusto de sus padres. ¡No sabían ya qué hacer! Desde que amanecía comenzaban fuertes discusiones en alta voz y continuaban hasta que se iban a la cama. ¡Nunca estaban en paz!
Un buen día, llega el padre del trabajo trayendo en sus manos una caja de grandes clavos y un martillo. Se dirige a sus hijos y dice: —¡Esto no puede seguir así! —De aquí en adelante, cada vez que haya una pelea, uno de ustedes clavará un clavo de estos en medio de la puerta de entrada de nuestra casa. —¡Pero papá! —intentan decir los chicos—. —¡La casa está nueva, estropearemos la puerta! —Así será, pero mientras ustedes no aprendan a comportarse como personas civilizadas... ¡deberán cumplir lo que les digo! —concluye su padre con decisión.
Esa tarde transcurrió más tranquila, pero ya la siguiente mañana peleaban como de costumbre. Llama el padre entonces a su hijo mayor y le ordena clavar un clavo en la puerta. Un poco asustados, un poco sorprendidos, no supieron qué decir. Pasaron los días e inevitablemente los clavos en la puerta aumentaron. Todos lamentaban el momento de hacerlo, pero no podían controlar su carácter. Sin embargo, los hermanos comenzaron a pelear menos. Les era doloroso dañar su puerta. Sin darse cuenta, las discusiones disminuyeron en intensidad y frecuencia.
—¡Ya no peleamos tanto! ¡No queremos seguir dañando la casa! —Así lo he observado —responde el papá— y estoy de acuerdo, creo que están aprendiendo a ser más tolerantes entre ustedes. De aquí en adelante, cuando sientan deseos de pelear y lo eviten, sacarán un clavo de la puerta. Así lo hicieron.
Pronto sacaron todos los clavos, pero la puerta quedó llena de hoyos. ¡Ya no lucía igual! —¿Qué haremos con los hoyos? —preguntaron entonces los niños. —Nada se puede hacer —responde el padre—. Las peleas siempre dejan cicatrices difíciles de borrar. Estos hoyos que han quedado son las cicatrices que deberán recordarles siempre los tiempos en los que vivieron discutiendo y peleando entre ustedes. —Que sirvan para evitar repetir esto en el futuro.
