Estar de paso
Hace ya muchos años, en una ciudad del mundo occidental, vivía un importante hombre de negocios llamado Salomón. Era amante de las bellas artes, la música y la cultura en general. Había escuchado, en muchas oportunidades, acerca de un respetado rabino que vivía en un pueblo vecino. Era reconocido y admirado por sus grandes conocimientos y sabiduría, y su fama se extendía hasta lejanos países. Salomón había tenido ocasión de leer varios libros de su autoría y se interesaba en conocerlo personalmente.
Preparó una pequeña maleta donde puso las cosas básicas para un par de días. Realizó el largo viaje atravesando aldeas y pueblos, hasta llegar donde vivía el anciano sabio. Inmediatamente, se preparó para el esperado encuentro. Tomó una ducha y vistiendo ropas limpias, encaminó sus pasos hasta la pequeña casa donde residía el rabino. Este en persona abrió la puerta para recibirlo y lo hizo pasar a la única habitación de la casa. Había en ella una sencilla cama, una mesa y varias repisas repletas de libros.
Sorprendido, Salomón pregunta: —Perdón, pero... ¿es aquí donde vive usted, el gran sabio del que tanto he escuchado? —Así es —responde el rabino con mirada modesta. —Pero... ¿dónde están sus muebles, dónde están sus cosas rav? —vuelve a preguntar intrigado. Con un amplio gesto de su brazo, el rabino indica el lugar y responde simplemente: —Esto es todo.
—El sitio es muy pequeño —murmura Salomón para sí. —¿De qué ciudad viene usted? —inquiere a su vez el hombre sabio. —De un pueblo más allá de la montaña. El rabino señala entonces la pequeña maleta del visitante y le pregunta: —¿Y ese es todo su equipaje? —Estoy de paso —contesta Salomón. —Yo también estoy de paso —concluye el rabino.
Los dichos de la Babi
La espiga de trigo, aún verde, mantiene una postura erguida y altanera. Al madurar y aumentar su valor, agacha su cabeza.
