
La pelota y el hilo dorado
Como lo contaba la Babi
¡No te apures!
Me gustaría contarte la historia de una princesa que cumplía doce años. Sus padres, el rey y la reina, amaban a esta hija tanto como querían a cada uno de sus hijos. Deseaban ofrecerle la más linda de las fiestas. Enviaron invitaciones a todos los amigos y cercanos al reino y se preocuparon de todos los detalles para que el evento fuera algo inolvidable. Los invitados llegaron con hermosos y delicados obsequios. La fiesta resultó de maravilla y la princesita lucía feliz compartiendo alegremente con todos hasta tarde ese día.
Una gran cantidad de regalos la aguardaban en su habitación. Esa noche, luego de abrirlos, llamó su atención una pequeña pelota dorada de donde salía un hilo de oro. En la caja se leía: «El hilo del tiempo. Úsalo cuando tengas un problema, una pena o un deseo especial.»
Cansada, aunque llena de dicha, se fue a la cama y pensó: —¡Uf, mañana colegio otra vez! ¡Ni siquiera he hecho mis tareas...! Recordó entonces su nuevo juguete y decidió probarlo. Tiró levemente del hilo y sorprendida notó que ya había transcurrido una semana desde su cumpleaños. —¡Qué maravilloso regalo! —pensó la princesa—. —¡Qué lata el invierno, podrían llegar ya las vacaciones! Esta vez no dudó ni un instante en recurrir a la mágica pelota y tirar una vez más del cordel; se encontró entonces chapoteando con sus amigos en la piscina.
Y así continuó la princesa. Cada vez que tenía un nuevo antojo o algo le desagradaba, corría a la pelota del tiempo y todo se solucionaba. Quiso ser mayor, tener una pareja con quien casarse y ser feliz: todo lo consiguió. Mas su felicidad no era completa, se aburría en el palacio y se sentía muy sola, ya que su esposo debía alejarse con frecuencia por largos viajes. Deseó un bebé, pero este no paraba de llorar y demandar atención. ¡Estaba agotada! Tiró una vez más del hilo y vio a su hijo convertido en un buen mozo jovencito. Así la princesa continuó satisfaciendo sus deseos, usando y abusando cada vez del regalo.
Un día cualquiera, al levantarse en la mañana y mirarse al espejo, descubrió con espanto que el reflejo le devolvía la imagen de una mujer vieja y arrugada. Angustiada, rompió en inconsolables sollozos. De pronto, siente que alguien la remece y le susurra con dulzura. Era su mamá, quien despertándola le pregunta: —¿Qué pasa mi amor, por qué lloras?
—¡He tenido una tremenda pesadilla mamita! —exclama saltando a sus brazos—. Sin embargo, he aprendido que la vida hay que vivirla día a día sin apresurarse y hay que disfrutar cada momento de ella.
Los dichos de la Babi
La vida es como el «papel confort»: mientras menos queda, más rápido corre.
