
Los regalos del rey
Hace mucho tiempo atrás, en un país muy lejano, gobernaba un Rey respetado y amado por sus súbditos debido a su generosidad y gran bondad. En ocasión de su cumpleaños decide dar una gran fiesta para todos y cada uno de los habitantes del reino. La invitación dice: «Están todos cordialmente invitados. Su majestad el Rey solicita no traer regalos.»
Es noche de fiesta y las magníficas puertas del palacio están abiertas de par en par. Todo luce ricamente decorado. Los invitados comienzan a ingresar repletando los amplios salones. Desde el más pobre de los campesinos hasta el más rico hacendado son ubicados alrededor de las enormes mesas dispuestas en forma circular, sin importar su origen ni condición social. En el gran espacio central del salón se ubican dos pilas de cajas de regalos. Una es mucho más grande que la otra. En la primera de estas, los regalos lucen finamente envueltos, cada uno con su respectiva tarjeta que identifica su procedencia. En la pila pequeña, los regalos aparecen también elegantemente ataviados con cintas de muchos colores.
Las trompetas anuncian la llegada del monarca, quien se ubica en su trono dando inicio a la magnífica cena. Una vez finalizado el fastuoso banquete, el Rey se levanta y dirige: —Estoy muy contento y agradecido por vuestra presencia el día de mi cumpleaños. Les solicité no hacerme regalos, pero ustedes de todas formas lo han hecho deseando expresar su afecto, les agradezco infinitamente por ellos.
—Están todos ubicados en este salón. Los de la pila más alta serán devueltos a cada uno de sus dueños a la dirección indicada en la tarjeta. No lo tomen a mal, aprecio sinceramente sus buenos deseos y los quiero igual. —En cambio, los agrupados en la pila pequeña, los recibo y acepto con igual cariño. —Se preguntarán la razón de mi decisión. Estos obsequios fueron enviados en forma anónima. Fueron adquiridos a la medida de las fuerzas de cada uno sin esperar retribución de ninguna especie, solo pensando en agradarme. Es por ello que los acepto agradecido.
Los dichos de la Babi
Se acabarán las piedras, pero nunca se terminarán los tontos.
