El rico del pueblo

Ocurrió a mediados del siglo pasado, en un pequeño pueblo en medio de la campiña rumana. Habitaba en el lugar, el hombre más adinerado de la región. Había conseguido acumular muchos bienes, pero no destacaba por su buena educación. Le gustaba hacer ostentación de sus logros y carecía de humildad y modestia. No era un hombre malo, solo era un «hombre simple».

Jaim
Jaim

A sus oídos había llegado la noticia de un gran sabio que vivía en un pueblo vecino. Comentaban que salían perlas de conocimientos de su boca al hablar y que incluso monarcas y personas de la nobleza acudían a aprender de su gran sabiduría. Se aproximaba el día de su cumpleaños y al acaudalado personaje se le ocurrió que invitar al famoso orador no sería una mala idea. —Así aumentaría mi prestigio —piensa complacido— y me haría parecer como alguien interesado en ampliar mis conocimientos y mi cultura. —Prepararé la fiesta más elegante y fastuosa que haya habido nunca en la región —decide admirado por la buena idea que ha tenido.

Manda a un empleado con una invitación para el famoso orador y se preocupa de convocar a toda la gente importante del pueblo. El anciano estudioso vivía en una sencilla casa junto a una granja. Al recibir la invitación, acepta complacido y promete asistir puntualmente a la cita. Cuando llega el día del evento, el hombre sabio camina por las polvorientas calles del pueblo hasta llegar a la residencia donde se realiza la celebración. El sol y la tierra lo hacen llegar sudoroso y sucio.

Un elegante portero lo recibe en la puerta, no lo conoce ni lo considera digno de la ocasión. Con mirada despectiva, lo interroga: —¿A qué viene usted?, ¿qué busca? —agrega con brusquedad. —Estoy invitado por el dueño de casa —responde el anciano. —¡Se habrá equivocado de lugar, usted no pertenece aquí! —le dice despectivo y sin más le cierra la puerta en las narices. El sabio vuelve a llamar e insiste: —El dueño de casa me ha invitado. El portero llama a su patrón, quien al ver al hombre lleno de tierra y mal vestido ordena despedirlo de inmediato.

Quizás por su sabiduría decide no ofenderse y se encamina donde Samuel, su amigo sastre, a quien le solicita en calidad de préstamo una elegante tenida especial. La hora pasa, el famoso invitado no llega y todos lo esperan ansiosos. Una vez más se escuchan golpes en la puerta y esta vez el portero lo invita a ingresar. Nadie lo reconoce, él está elegantemente ataviado y lleva consigo una pequeña valija en sus manos. El dueño de casa se apresura a recibir al esperado orador, lo saluda con reverente respeto y lo acompaña al lugar desde donde dará su charla.

—Tengo que preparar un par de cosas, solo me tomará un par de minutos —dice el invitado. Con mucho gusto accede el festejado y se retira dejándolo solo. El sabio procede entonces a cambiar sus vestimentas por las habituales que traía guardadas en la maleta. Dispone con cuidado el traje de etiqueta sobre una silla, abandona la sala y se despide.

—¡Si aún no lo hemos escuchado! ¡Estamos todos esperando sus palabras! —No señor —responde muy tranquilo el inteligente personaje—. —¡No es así, ustedes no quieren escucharme. Ustedes quieren escuchar a mi ropa, allí está ella!

Los dichos de la Babi

Mal de muchos, consuelo de «todos».