La libreta
Existe un gran tesoro enterrado cruzando las montañas. Nadie aún lo ha encontrado, a pesar de intentarlo muchísimas veces. —¡Lo haré yo! —piensa Andrés, mientras ensilla su caballo y prepara las provisiones para un largo viaje. Antes del amanecer, emprende la travesía con el firme propósito de encontrar el famoso tesoro.
La cabalgata es agotadora cuando se trepa la montaña. El implacable calor del día y el frío penetrante de la noche, hacen dificultosa la misión; mas no se rinde y continúa perseverante por el camino. El agotamiento lo obliga a buscar un lugar para descansar. Se detienen en un plano del terreno, desmonta Andrés de su caballo, se ocupa de alimentarlo y lo deja reposar a la sombra de unos espinos.
El viajero se sienta entonces sobre una gran roca lisa que ve en las cercanías, come mientras medita en lo que le queda aún por recorrer. Desliza una mano sobre la piedra donde se ha sentado a descansar y advierte una inscripción sobre ella. Con dificultad lee: «Aquí yace Daniel (Z.L.). Vivió cuatro años, ciento treinta días y quince horas.» —¡Huy! ¡Qué pena! —exclama el hombre—. Estoy sentado sobre la tumba de un niño.
Mira a su alrededor y ve otra piedra semejante. Al acercarse descubre, aunque borrosa, otra inscripción que dice: «Vivió siete años, dos días y cinco horas.» Al continuar observando a su alrededor, descubre otras piedras similares a las que ya ha visto. —¡Esto es un cementerio! —piensa—. ¡Estoy sentado sobre un cementerio! ¡¡Sobre un cementerio!!
Decide investigar y descubre que todas las tumbas parecen pertenecer a niños de pocos años. —¡Qué horror! —exclama consternado—. ¡Qué peste tan terrible habrá asolado esta región que ha matado tantos chicos! ¡Qué tremenda desgracia habrá ocurrido aquí! Momentos más tarde, eleva una oración por el descanso de las almas y montando nuevamente su caballo, se retira del lugar con respeto.
El camino lo conduce a un pequeño pueblo de montaña casi abandonado. Encuentra un sitio donde tomar un baño y pasar la noche. Allí, conversando con el dueño de la hostería, le consulta: —¿Qué epidemia han sufrido por aquí? ¿Cuál es la causa del fallecimiento de tantos niños de este lugar? La persona sonríe y le explica: —Ninguna peste ha asolado esta región. No es un cementerio de niños el que menciona.
—Sucede que en esta parte del país, al cumplir un chico sus trece años, se le regala una libreta para que la lleve colgada al cuello durante todos los días de su vida. Escribirá en ella las horas y días en los que ha sido enteramente feliz: sus trece años celebrados en familia, por ejemplo, «fui feliz por un año». —Cuando aprueba el examen más difícil, está feliz y anota: «una semana». Cuando cumple años y dice: «¡qué día más maravilloso, tuve tantos regalos!», anota: «fui feliz veinticuatro horas». —Se casa enamorado y anota: «dos años». —La suma de todos los momentos de felicidad y plenitud, constituyen la verdadera existencia de la persona. —¡Son los buenos momentos, los que hacen que la vida siempre valga la pena!
Los dichos de la Babi
La vida es como un teatro: al nacer estamos en el escenario, más adelante tomamos asiento en la primera fila, luego en la segunda y después en la tercera. Nosotros ya ocupamos las últimas filas del teatro, desde allí se nos permite observar todo lo que acontece en el escenario. Si nos agrada lo que vemos, podemos aplaudir; si no nos gusta, podemos chiflar y hasta levantarnos e irnos, mas ya no nos corresponde participar ni dirigir.
