La frazada
Un abuelo, más viejo que las montañas, vivía con la familia de uno de sus hijos. El hombre ya no podía trabajar y trataba de ayudar como podía. Un día, el padre de familia encomendó a todos que mostraran buena educación, porque su jefe venía de visita. Durante la cena todo fue perfecto: la mamá preparó ricos platos de comida, los hijos limpios y bien peinados se comportaban de maravilla, el abuelo también lucía elegante y el padre se mostraba muy complacido.
Para mala suerte del abuelo, por sus muchos, muchos años, le temblaron sus manos y cayó la cuchara con la sopa, desparramando el contenido sobre los manteles blancos. Avergonzado con sus invitados, el padre sin poder contenerse, entró en cólera, se levantó de la silla y ordenó: —¡Papá, te vas a la pieza del fondo en este momento! El pobre anciano murmuró avergonzado una débil disculpa y se retiró lentamente.
Las visitas ya se habían ido y los chicos se preparaban para dormir. Cuando el padre entró a dar las buenas noches a sus hijos encontró a Marcos, el más pequeño, sentado en la cama cortando con una gran tijera una frazada. El padre exclama extrañado: —¡¿Qué te pasa?! ¡¿Qué locura estás haciendo?!
El niño levanta los ojos y le dice: —En la pieza del abuelo hace mucho frío papá, voy a darle esto para que se abrigue. —¡¿Y por qué la rompes?! —pregunta el padre molesto—. Dásela entera, en ese caso. —Porque la otra mitad la voy a guardar para cuando tú estés viejo y yo te mande a la pieza del fondo —le respondió el hijo.
Los dichos de la Babi
Una generación llega, otra se va.
